YIHAD EN EL S XXI

No queda mucho que decir de los atentados en Francia que ya no se haya dicho. Hay, sin embargo, algunas cosas que todavía no vi, y creo que están ahí, de forma bastante evidente. ¿Cuál es el fruto de enseñarles a las personas a SENTIR, sin enseñarles a PENSAR en la misma medida? ¿Cuál es el fruto de enseñarles a las personas de que existe una vida después de la vida? ¿Para qué sirve presentar algunos libros como sagrados? ¿Para qué sirve exacerbar los sentimientos, sin estimular a la vez y con la misma intensidad, la mente? Uno de los posibles resultados es el desprecio, en menor o mayor medida, por la vida, tanto la propia como la ajena. Esta vida que estamos viviendo pierde valor ante la “otra vida”, esa vida que prometen algunos libros escritos hace más de 2000 años. Más que una posibilidad bastante efímera de conocer el mundo, la vida se transforma en un obstáculo. Más que un premio, la vida se transforma en el camino para obtener otro premio, cuya existencia es totalmente cuestionable. Cuando a la vida se le resta valor, desaparece el miedo por perderla. Vivir en paz y tranquilidad, o gritar Allahu Akbar y detonar los explosivos es casi lo mismo. Vivir o no vivir son casi equivalentes, siempre y cuando se cuente con la promesa de una vida posterior, que no solo empieza después de la muerte, sino que es inimaginablemente mejor que la vida que vivimos. Ese es el “hook” de las religiones. Eso es lo que te engancha, lo que te atrae. Como seres humanos, somos los únicos animales (y la única especie de seres vivos que conocemos) que son conscientes de que el tiempo pasa. Somos la única especie que ve como se “mueve” el tiempo delante de nosotros. Comprendemos el tiempo como una línea, que empieza y termina. Y atención acá. SABEMOS que la linea termina. Somos, por eso, la única especie que sabe que va a morir. Cada persona, a cierta edad, se encuentra con esa realidad, de la que nadie puede escapar. Ningún ser humano puede, realmente, escapar a la muerte. Excepto, claro, que alguien te prometa una vida después de la vida, una vida eterna. Un escape definitivo a una muerte segura. Imaginemos nuestra vida como si estuviéramos cayendo desde un avión. Desde el momento que empezamos a caer, vemos el piso acercarse, y cada vez más rápido. La muerte está ahí, podemos verla, está solo a momentos de llegar. Todos los seres humanos que existieron, todos los que existen, y todos los que van a existir se van a enfrentar a lo mismo, a una caída en dirección a la muerte. Y es inescapable. Desde que empezaste a caer, aparece la religión, y te ofrece un paracaídas. Pero te lo ofrece cerrado, en la mochila, totalmente nuevo, sin que nadie nunca lo haya usado. Te los dan unas manos cálidas, mientras te miran un par de ojos honestos. Te ofrecen una salvación, una salida, una posibilidad de esquivar lo que, a primera vista, es imposible de esquivar. Y uno se abalanza sobre la mochila, y se la pone, ansioso. Las mismas manos que te lo dieron te hacen un aviso: el paracaídas solo se va a abrir si cumplís con la palabra de Dios. Como nadie en el mundo está muy seguro cual es la palabra real de Dios (algunos dicen que es la Biblia, otros dicen que es el Corán, y otros dicen otras cosas), uno adopta el que mejor le parezca. O adopta el que, casualmente, corresponde con el lugar y el momento histórico de su nacimiento, porque aparentemente la verdadera palabra de Dios varía temporal y espacialmente. O peor aún, adopta aquella que le ha sido impuesta, por haber recibido una enseñanza cuando todavía no tenía la capacidad intelectual para decidir nada. La cuestión es que uno abre cualquiera de estos libros, para ver cuál es la verdadera voluntad de Dios. Por ejemplo, del Corán: Muslim (20:4696) – “the Messenger of Allah (may peace be upon him) said: ‘One who died but did not fight in the way of Allah nor did he express any desire (or determination) for Jihad died the death of a hypocrite.'” Entiéndase Jihad (o Yihad) como Guerra Santa. Quran (9:123) – “O you who believe! fight those of the unbelievers who are near to you and let them find in you hardness.” Quran (8:65) – “O Prophet, exhort the believers to fight…” Recordemos que estamos cayendo de un avión, bastante rápido, y la velocidad aumenta. No hay mucho tiempo, ni muchas opciones. Para poder salvarnos de esa muerte segura, de esa muerte que nos espera, tenemos que abrir el paracaídas. No sabemos bien si el paracaídas va a funcionar o no. Es más, ni siquiera estamos seguros que haya un paracaídas adentro de la mochila, pero en este momento es nuestra única alternativa. Esta vida que estamos viviendo ya pierde valor en vistas de una posible mejor vida. Por eso, cumplimos la palabra de Dios que leímos hace un rato, porque es la única forma de escapar de este obstáculo, y entrar a la vida buena, a la vida real, a la vida eterna. Ahí termina la comparación con la caída libre. Cuando a las personas se las “entrena” para sentir, y paralelamente no se hace un esfuerzo igual o más grande para hacerlas pensar, no hay más opciones que la que tomamos mientras caemos. Como seres que nos reconocemos finitos, cualquier oferta de escapar de nuestro fatal destino es totalmente tentadora. Se te ofrece una sola oportunidad de gambetear a la muerte, y no podes desaprovecharla. En situaciones extremas, no actuamos con normalidad. Ante cuestiones tan determinantes como la vida o la muerte, pareciera que nuestra capacidad humana de pensar no alcanza. Nos hace falta una cuota mística y sentimental, que nos permita flotar por encima de la vida terrenal, tan llena de incertidumbre y sufrimiento, para poder aterrizar en la otra vida, la vida de felicidad suprema. Tenemos que sortear este obstáculo que es la vida, para llegar a la meta de otro estado vital. Cuando este momento que estamos viviendo vale tan poco, hacemos lo que sea por pasar a otro estado. Cuando las únicas dos cosas que se interponen entre nosotros y esa otra vida son esta vida y la palabra de Dios, perdemos la noción de lo que significa estar vivos ahora y acá. Y actuamos desde los sentimientos, no desde el pensamiento. Los sentimientos pueden volverse violentos, pero no por eso no “merecedores” de la vida eterna. Las personas que cometen cualquier acto terrorista de las características de lo que vivimos el pasado viernes 13 están totalmente convencidas que lo que hacen es justo. Ellos están cumpliendo la palabra de Dios al pie de la letra, según su comprensión de ella, por supuesto. No quiero ser malinterpretado, ni parecer un reduccionista que le atribuye todo lo que paso a la religión. Obviamente no es así. Hay circunstancias político-económicas que dan espacio a estos acontecimientos. Pero si estas circunstancias dan el motivo, la religión ofrece los medios. No todos los islámicos son terroristas, eso no hace falta que lo aclare. Pero cuidado con caer en el argumento del “no true Scotsman”, en donde se dicen cosas como “los terroristas no son verdaderos islámicos”. Si son verdaderos islámicos, de la misma forma que los cristianos que actuaron en las Cruzadas y en la Inquisición también eran verdaderos cristianos. No existe un argumento racional a través del cual su interpretación del Corán o de la Biblia sea menos válida que la de cualquier otro islámico o cristiano que interpreta las cosas de otra forma. La palabra de Dios, si tal cosa existe, no puede equivocarse, ni pasar de moda. Por eso las religiones son tan peligrosas. Si yo en mi mano sostengo un libro que según me dijeron es la palabra de Dios, nada que ahí esté escrito puede estar mal. Si uno lee en la biblia Deuteronomio 17, versículos del 2 al 5, dice esto: Cuando se halle en medio de ti, en alguna de las ciudades que Jehová tu Dios te da, un hombre o una mujer que haya hecho mal ante los ojos de Jehová tu Dios, traspasando su convenio, que haya ido y servido a dioses ajenos, y se haya inclinado a ellos, ya sea al sol, o a la luna o a todo el ejército del cielo, lo cual yo no he mandado, y te sea dado aviso, y después que lo hayas oído, entonces lo investigarás bien, y si la cosa parece ser cierta, que tal abominación ha sido hecha en Israel, sacarás a tus puertas al hombre o a la mujer que haya hecho esta mala cosa, ya sea hombre o mujer, y los apedrearás, y así morirán. Yo entiendo que Deuteronomio es un libro que describe las leyes de la vida de los judíos de hace dos mil años más o menos, pero está presente en el Antiguo Testamento, que es parte de la Biblia. Y la Biblia, según los cristianos, es la palabra de Dios, toda completa. En el caso que no lo sea, me gustaría saber cuál es el criterio para diferenciar qué parte es la palabra de Dios, y que parte no es. Si asumimos que es palabra de Dios, no se puede considerar como algo malo, o anticuado, o pasado de moda. Un cristiano “real” debería hacer exactamente lo que la palabra de Dios dice, ayer, hoy y siempre. Sólo renunciando totalmente al pensamiento es cuando una persona puede creer que matando a la mayor cantidad de personas que no compartan su religión es el medio para llegar a la otra vida. Sólo haciendo un esfuerzo activo por apagar momentáneamente las mente es como las personas creen que cumplen las palabras de un ser Todopoderoso y Omnisciente, ergo, inerrante. Sólo a través de la estimulación del “corazón” (me refiero a los sentimientos) y no del pensamiento es como se llega a hacer cosas de semejante magnitud. El enceguecimiento no solo es por parte del fanatismo, si no tambien por aquel que decide, adrede, obedecer a los sentimientos, sin un análisis a la luz de la razón. Comparto, a continuación, un texto escrito por Faisal Saeed Al Mutar, fundador del movimiento GSHM (Global Secular Humanist Movement), y actualmente una fuerte voz secular en el mundo. Está escrito en un tono un poco humorístico, pero el mensaje está bueno: It must be incredibly frustrating as an Islamic terrorist not to have your views and motives taken seriously by the societies you terrorize, even after you have explicitly and repeatedly stated them. Even worse, those on the regressive left, in their endless capacity for masochism and self-loathing, have attempted to shift blame inwardly on themselves, denying the terrorists even the satisfaction of claiming responsibility. It’s like a bad Monty Python sketch: “We did this because our holy texts exhort us to to do it.” “No you didn’t.” “Wait, what? Yes we did…” “No, this has nothing to do with religion. You guys are just using religion as a front for social and geopolitical reasons.” “WHAT!? Did you even read our official statement? We give explicit Quranic justification. This is jihad, a holy crusade against pagans, blasphemers, and disbelievers.” “No, this is definitely not a Muslim thing. You guys are not true Muslims, and you defame a great religion by saying so.” “Huh!? Who are you to tell us we’re not true Muslims!? Islam is literally at the core of everything we do, and we have implemented the truest most literal and honest interpretation of its founding texts. It is our very reason for being.” “Nope. We created you. We installed a social and economic system that alienates and disenfranchises you, and that’s why you did this. We’re sorry.” “What? Why are you apologizing? We just slaughtered you mercilessly in the streets. We targeted unwitting civilians – disenfranchisement doesn’t even enter into it!” “Listen, it’s our fault. We don’t blame you for feeling unwelcome and lashing out.” “Seriously, stop taking credit for this! We worked really hard to pull this off, and we’re not going to let you take it away from us.” “No, we nourished your extremism. We accept full blame.” “OMG, how many people do we have to kill around here to finally get our message across?” Como lo fueron los judíos antes de Cristo y como lo fueron los cristianos 1500 años después de Cristo, hoy “les toca” a los islámicos. En este punto es cuando uno respira profundo, y piensa: “Menos mal que sólo hay tres religiones dominantes”. O, mejor dicho, que lástima que no haya una sola. O, mejor todavía, ojalá no hubiera ninguna.

Por Remigio Gonzalez Ardanaz